Foto Eyleen Darby
RELATO 1
AMOR SONORO
Soy Charlie, el batería de la "Free Cat Orchestra".
Mi respiración es un redoble de caja cuando veo a Minnie bailar en la pista. Sus pies parecen claves de percusión y sus caderas verdaderos timbales africanos.
Viene todos los sábados y se mueve como si fuera el latido de mi corazón. Si me mira no tengo más remedio que hacer un solo y dar un platillazo, porque mis arterias son tambores de alegría.
Me gusta Minnie, la amo, y viviría con ella.
¡Ay!, ya la imagino después de nueve meses, paseando a mi lado su delicioso bombo.
RELATO 2
ELLA, SOLO ELLA
Bailaba como si la libertad actual alcanzara a todos sus ancestros.
Risueña, liviana, se dejaba llevar por la fantástica orquesta.
Ignoraba que su encanto había cautivado al baterista, que sin decirlo le dedicó cada una de las piezas.
Y ese magnetismo dio frutos , acá estoy yo nacida del fuego del amor de una noche musical de verano.
Luego de ese baile hubo muchos más, y ambos iban ilusionados a expresar sus sentires, bailando y tocando al compás de sus corazones.
RELATO 3
WHAT THE FUCK?
El pastor Jefferson había fallecido, dejando huérfanos a sus fieles evangelistas del condado de Madison, Alabama.
Su hermana Gladys quiso organizar un funeral por todo lo alto, prolongándose hasta la madrugada, con comida y bebida a raudales, Jazz y plañideras.
Contrató a las hermanas Taylor, quienes formaban un trío artístico muy conocido entre la comunidad afroamericana de la zona, a quienes encomendó plañir por su querido hermano.
Las Taylor comenzaron a llorar lastimeramente hasta que una de ellas exclamó indignada: _What the fuck!?_ y comenzó a bailar rítmicamente, arrastrando a sus hermanas.
Ellas no estaban para llorar.
Estaban para alegrar.
RELATO 4
¿GUERRA Y PAZ?
New Orleans, 1945. Los tambores de guerra han enmudecido y han tomado su lugar los ritmos del swing, kínder hop, jazz y bougie-wogie. Cuatro mujeres bailan enloquecidamente para exorcizar el miedo. Están solas, sin hombres, sin sus hombres.
La guerra en Europa ya ha terminado. Miles de hombres volverán… o no, pero los que regresen, los que no son tan negros como el carbón, no van a tener los mismos honores que tendrán los que no son tan blancos como la nieve. Pero a ellas les da igual: sólo quieren bailar con sus hombres.
RELATO 5
LA MATANZA DEL CLUB MAYERLING
Los chicos fueron a bailar. Samantha y Janisse, y Brenda y Mona, y casi todos los chavales de la fábrica. Querían descansar de las largas horas de trabajo, olvidando que en las calles no podrían juntarse, saludarse, ni casi mirarse a los ojos. Antes de medianoche, aparecieron Bill y su pandilla, vestidos con túnicas blancas y con las caras tapadas, rociaron de gasolina las paredes del club y le prendieron fuego. Allí se quedaron mientras los chicos intentaban salir del infierno. Se mantuvieron de pie, mirando impasibles las llamas que devoraron el edificio y a los jóvenes que estaban dentro.
RELATO 6
TACONES DESGASTADOS
Las faldas revoloteaban al ritmo del chachachá. Entre el humo y los tambores, ella cantaba vestida de rojo, con los ojos entornados. Él la miraba desde una mesa, siempre en silencio. Se marchaba antes del último acorde, dejando una rosa sobre el escenario.
Pasaron los años.
Él nunca le confesó que aquellas canciones le habían robado el corazón.
Ella en una caja guarda pétalos marchitos de aquellas rosas, testimonio de un amor que jamás tuvo nombre ni encontró el valor de nacer.
Hoy, los tacones desgastados descansan junto a las faldas carcomidas por las polillas.
RELATO 7
QUE NOS QUITEN LO BAILAO
Un reloj enorme marcaba las 23:57. Llevaban horas bailando sobre la pista y, sin embargo, parecía que acabasen de empezar. Los músicos, contagiados por su entusiasmo, seguían enlazando una canción con otra.
A pesar de las miradas que les dedicaban, no buscaban llamar la atención de los hombres, ni robarle el protagonismo a los anfitriones; tan solo estaban saboreando al máximo el tiempo que les quedaba.
Solo ellas tres sabían que, unos minutos más tarde, todo terminaría. Así que continuarían dándolo todo para que el fin del mundo las pillase juntas y danzando.
RELATO 8
EL BAILE DEL TIEMPO SUSPENDIDO
No sé cómo llegué aquí.
Recuerdo una tarde de otoño, los juegos, las risas, el abrazo del frío de la noche.
Ahora solo existe este escenario infinito donde bailo sin descanso, suspendida entre el tiempo y la nada.
Frente a mí, mi joven amigo espera.
Tras la ventana, mis padres lloran en silencio.
Cierro los ojos, alzo los brazos y vuelo.
Siempre supe hacerlo.
Quizá, si bailo lo suficiente, mamá volverá a sonreír y papá dejará de llorar.
Bailaré solo para ellos.
Aunque sé que, cuando termine la música, seguirán sin poder abrazarme, en un dolor que no se apaga.
RELATO 9
DANCING IN THE LAST DAY
1947. Savoy Ballroom. El cartel decía solo blancos, pero esa noche las chicas de color forzaron la puerta del hotel de lujo y bailaron. Trompetas, sudor, vestidos girando. Los blancos miraban escandalizados desde las mesas. Nadie miró al cielo. Sobre el Atlántico ya se alzaba la tormenta final, silenciosa, que borraría continentes al amanecer. Ellas reían, libres por primera vez en esa pista prohibida. Cuando la música calló, el mundo ya había acabado. Solo quedó el eco de sus pasos. Y mañana, la Tierra sería suya. Porque en esta nueva historia, las últimas en bailar serían las primeras en vivir.
RELATO 10
PA VESTIR SANTOS
Llegó el primer día de feria. Ocasión en el que ellas estrenan vestido y ellos presumen de camisa nueva, todos con la misma intención, encontrar pareja.
Las madres, vigilantes desde sus sillas, expertas en detectar solteros con futuro y pretendientes con poco ganado.
—Ese tiene buena planta —susurró una.
—Sí, pero dicen que es más agarrado que una garrapata.
En la pista, los mozos sacan a bailar a las muchachas, mientras ellas examinan el género con disimulo.
Al caer la tarde, una solterona sentenció:
—¡Vaya feria!
Mucho animal suelto y ni uno que merezca la cuadra.
RELATO 11
BAILAR CONTRA EL FUEGO
En aquella fiesta las cosas se desmadraron sin darnos cuenta.
Primero llegaron ellos, pálidos y sosos, incapaces de seguir un compás. Tras horas viéndolos menear las caderas con ridículo empeño, llamamos a nuestras mujeres. Ellas se soltaron con su desparpajo de siempre y sus danzas convocaron a los espíritus.
Corrió el alcohol. Cuando nos confiamos, aparecieron los encapuchados y prendieron el granero.
Recogimos los abrigos y salimos bailando, mientras las llamas se adueñaban de la noche. No volvimos la vista atrás.
Pedro nos abrió su casa. La orquesta retomó el compás donde lo había dejado, y bailamos hasta el amanecer.
RELATO 12
SEGREGACIÓN
Encerrado en su habitación, con las heridas sangrantes de los hebillazos de cinturón por todo su cuerpo, Jonathan purgaba su osadía por haberse saltado las leyes de segregación racial. Su padre lo sorprendió por enésima vez violando la moralidad de la familia.
"Nada ni nadie lo iba a frenar".
Su pasión por la música era más fuerte que la persecución y que las palizas que recibía. En Memphis estaba evolucionando el blues y él no se lo iba a perder, porque Jonathan era un blanco con alma de negro.
RELATO 13
DANZAD, DANZAD, MALDITOS
La última danza
El sudor me arde en los ojos. Las piernas tiemblan y la orquesta no se detiene. Decenas de parejas arrastran los pies bajo la luz amarillenta. Nadie sonríe. Bailar significa sobrevivir, conseguir pan y refugio en medio del colapso.
Un silbato rompe el aire. Alguien cae y desaparece arrastrado.
Mi pareja me sujeta por los hombros. Sus dedos están helados.
—Sigue moviéndote. No mires abajo. Solo queda danzad, danzad, malditos.
Aprieto los dientes. La música acelera, los cuerpos se tambalean y la esperanza se desvanece.
Entonces comprendo: aquí, dejar de bailar significa desaparecer para siempre.
RELATO 14
ÚNICO COLOR: EL ROJO
Tras un rito religioso de honra y demanda de justicia, un colectivo de corazón negro latía en la sala de baile, su refugio durante unas horas.
Bailaban siguiendo los pasos del miedo y la incertidumbre. La alegría contenida de la comunidad se desparramaba a través de la música.
El saxofón lloraba al compás de los hombres, y el piano recogía las lágrimas de las mujeres.
Adentro, se tenían unos a otros. Afuera, el blanco y el negro pintaban la ciudad.
Solo el rojo de la sangre de Samuel Okoro brillaba aún en el asfalto, tras ser abatido la tarde anterior.
RELATO 15
LA CERTEZA
Qué extraño… sumergí los pies en las aguas turquesas pero no sentí la caricia marina. Surcando el mar, vi llegar ondulante un pequeño cartón blanco y negro. Era una fotografía: tres mujeres bailando como endemoniadas en pachanga.
Qué extraño…una de ellas se parecía a mí; diría que idéntica. ¡Era yo!
Recordé, de súbito, el naufragio del velero en alta mar; me precipité sobre el retrato. Quise apresarlo, mas mis dedos no lo podían atrapar; pasaban a través de él, sin asirlo.
No hubo entonces extrañeza… entendí, aterrorizada, que las tibias aguas de Varadero no me hicieran sentir la piel mojada