Autor Yves Poirot
RELATO 1
LA HIJA DEL CARBONERO Y EL DESERTOR
Cuando cientos de miles de soldados morían en las trincheras enfangadas en la batalla de Verdún. Las mujeres eran las encargadas de las tareas más duras debido a la escasez de hombres.
Edit era una de esas mujeres, que además del cansancio extremo, en muchas ocasiones era acosada por aquellos a los que servía el carbón, y que vivían escondidos por no luchar en el frente. Uno de esos cobardes intentó violarla, pero terminó como lo merecía. Con una daga clavada en el oído.
Así vengó a su hermano y a su padre muertos en la batalla.
RELATO 2
HOLLÍN EN LAS VENAS
Miradla. Esa mancha en la cara no es sombra, es el París que mi tatarabuela mantuvo vivo a base de riñones. Con treinta y tantos años y media familia muriendo en el barro, Adèle subía los inviernos al hombro, escalón a escalón, hasta ese quinto piso. En casa cuentan que nunca le dolieron los sacos, le dolía el silencio de las cartas que no llegaban del frente. Murió con los pulmones negros y la espalda doblada, pero con ese incendio en los ojos. No solo cargaba carbón, hijos; cargaba con un país entero que se negaba a apagarse.
RELATO 3
LA CAZADORA
Salía con un cazamariposas y una caña de pescar. Regresaba con una gran carga que flotaba ingrávida en sus manos, envuelta en neblina y el negro de la noche.
Yo, anclada al pasado; murió mi esposo en la guerra, guardaba su imagen en el baúl del corazón.
¿Por qué a ella también la recordaba diariamente?
Una noche de voces ocultas la vi pasar; una perla negra brotó de mis ojos e inundó la calle. Ella dijo: “Yo solo cargaba traiciones”.
Recogió mi lágrima.
Luego volvió sin saco.
Me trajo mi amor, brillamos juntos.
Ella voló, convertida en gorriones blancos.
RELATO 4
LA RUTA FINAL
Podía hacer la ruta con los ojos cerrados, llevaba años repitiéndola. Siempre demasiado cargada, siempre sola en ese tramo final de las escaleras. Sin embargo, sus pasos escondían cierto temblor aquella noche.
“Nadie ha visto nada” se repetía sin cesar mientras cargaba el enorme fardo hasta la última planta. No tenían por qué sospechar de una empleada que sostenía la ropa de cama de una veintena de habitaciones.
Aprovecharía el hueco bajo la losa para meter el cuerpo desmembrado del que tanto la había golpeado y silenciado. El mundo ya era un lugar mejor sin ese monstruo respirando.
RELATO 5
PARADOJA
Primer piso, mentiras y traiciones, segundo piso, malos tratos , y así, hasta llegar al quinto piso, el costal sobre sus hombros, en lugar de pesar más, pesaba menos. Cuando llegó al último, puso el fardo ya vacío en el suelo y abrió la puerta del ático: una humilde buhardilla con una claraboya en el techo la esperaba.
A partir de entonces, ya sabría con qué llenaría su equipaje, con libertad y esperanza.
RELATO 6
CARBÓN
Paris, enero de 1956
Soy Marie.
Trabajo con mi padre en la carbonería de la Rue Buffon. Tengo dieciocho años.
El señorito del quinto pide que le lleve carbón todos los viernes, pero quiere algo más que carbón. Es una excusa para abusar de mí. Después me da tres francos y me dice que me vaya. No quiero que mi padre se entere. Lo mataría con sus propias manos. La policía, la cárcel…No, eso no.
Si por lo menos me gustara...
¡Hago lo que puedo!
El carbón viene hoy lleno de cucarachas.
RELATO 7
FARDO DE AMOR QUEMADO
Cuando escuchaba la policía acercándose, el viejo Pierre metía todos sus papeles en un fardo y me hacía prometer que lo subiría hasta la última planta. Allí debía esperar.
‒Si te da miedo, quémalo todo en la estufa, no dejes nada.
Siempre pensé que eran panfletos revolucionarios. Hasta que un día leí uno.
_Adoro tus pasos en la escalera_
_el vestido sucio que te guarda_
_tu mirada limpia_
_y tu obediencia ciega._
Era un poema. Había cientos. ¡Miles! Hablaban de mí. De un amor oculto durante años.
Página tras página, las eché todas en la estufa, sin dejar nada.
RELATO 8
DEJARSE LA PIEL
Con la llegada de la puntual oscuridad, el bullicio de la calle desaparecía.
Era entonces cuando el crujido del edificio exhalaba al exterior su queja.
Una vez mas Cristine jadeaba al unísono con cada peldaño de vieja madera.
Solo ella conocía la existencia del laboratorio clandestino de la quinta planta.
Por unas míseras monedas, transportaba sacos desde un almacén contiguo al cementerio.
Nunca tuvo la tentación de conocer que contenía su liviana, aunque abultada carga.
Su tarea no era diaria, y tampoco se dejaba la piel en su cometido.
Un día desapareció. El laboratorio necesitó su lozana epidermis para la ciencia.
RELATO 9
VÍNCULO DE HIERRO
El ascensor de aquel bloque en Kiev murió el primer día de los bombardeos. El edificio se convirtió en una montaña de hormigón que Olena escalaba tres veces al día, llevando comida, agua y mantas para los que habían quedado atrapados en las alturas.
Al llegar al descansillo del quinto se cruzó con un vecino que bajaba a pulso a su abuela.
Pensó en la suya, que le contaba historias de mujeres que, en otras guerras, cargaron sobre sus espaldas el peso de los suyos.
Cuando el mundo se caía, una procesión inquebrantable, portaba la fuerza de la humanidad.
RELATO 10
LOS AÑOS DIFÍCILES
Corrían los años de la gran guerra por lo que todos los hombres en edad de luchar eran llamados a filas. Muchos fueron los caídos en el frente dejando sus hogares a merced de una infame miseria.
Yo, para sobrevivir cargaba sacos de carbón, la piel tiznada,
las manos siempre negras y la espalda vencida.
Cada moneda recibida era una tregua al hambre. Aprendí a callar el cansancio y a caminar sola entre miradas duras.
Mientras yo repartía calor casa por casa nuestro hogar se apagaba.
Aquéllos fueron años de nieve interior, de mucha hambre callada, de perder la esperanza.
RELATO 11
LA PROMESA ONÍRICA
Constance Miterrand tuvo un sueño extraño una noche de 1902.
Un lingote de oro parlante le dijo que, durante 17 días, subiera y bajara las escaleras del edificio donde trabajaba como portera, cargando a sus espaldas un saco de carbón, repitiendo en voz baja: _"prometo ser rica y bondadosa"_.
Supersticiosa, cumplió el mandato del sueño sin rechistar.
El decimoséptimo día, una terrible contractura la llevó directa al hospital, donde el médico que la atendió se enamoró de ella al instante.
De aquel amor, nacieron 4 hijos y una vida repleta de riqueza y bienestar.
Constance, ya era bondadosa de nacimiento.
RELATO 12
BLANCHE, LA DEL CARBÓN
Unas monedas pagó Gaston al padre de Blanche para desflorar su virginal adolescencia.
En 1890 se casó con ella.
Su rutina, de silenciado sometimiento a su señor, se hizo insoportable.
Antes del amanecer, cargaba sacos de carbón para entregar en domicilio.
Después, sin descanso, se afanaba en las tareas de la casa. Por la noche, sin ofrecer resistencia, humillada y golpeada, su marido poseía su cuerpo dolorido. Una noche que llegó borracho, le sirvió una copa de coñac con estricnina.
Al día siguiente, cuando volvió a casa, se encontró al sacerdote rezando delante del amado esposo. Todos descansaron en paz.
RELATO 13
LA CASA MADRE
El terror se expresaba con mayúsculas y eso le daba fuerzas para seguir adelante. Seis niños esperaban escondidos en el chiscón mientras ella supervisaba la casa abandonada. Después, lenta y tímidamente, los pequeños avanzaron al interior.
Antonia levantó trincheras de muebles, repartió el escaso pan, apagó el miedo. Fuera silbaban balas; dentro crecían cuentos. Se sacó sonrisas de la manga, enseñó letras con carbón, calmó hambres con canciones.
La casa se volvió madre envuelta en un aroma familiar guardando risas y meciendo sueños, y resistió hasta que llegó la paz, algo frágil pero luminosa
RELATO 14
LA MUJER DEL SACO
Por aquel entonces, aún era la vida en blanco y negro. Cada tarde, la mujer gris del quinto piso subía a pie cargando un saco enorme. Lo descargaba en la vivienda vacía.
Una semana después, depositó el último cargamento, se sacudió las manos y empezó a abrirlos. Contenían idéntica mercancía: latas de líquidos espesos. Con la primera roció las paredes y se volvieron amarillas; con la segunda untó los muebles de azul cerúleo; canela puertas y ventanas…
Cuando todo lucía de colores, una familia alegre cruzó el umbral envuelta en verdes, rojos, anaranjados… y el rosa del algodón de azúcar.
RELATO 15
JACINTA
Como cada domingo, Jacinta cargaba aquel saco escaleras arriba, para tener a los señoritos bien pertrechados de carbón: para las cocinas, estufas ,planchas, etc.
Era como un entrenamiento para ella. ¡Mal pagado por supuesto!
Al cabo de unos meses tenía más músculo que cualquier hombre en kilómetros a la redonda.
Por entonces eran muy comunes las peleas clandestinas en los bajos fondos del barrio, y Jacinta, estaba empeñada en participar sabiendo que ganaría sus buenos billetes.
Con la cara llena de carbón y unos pantalones, nadie descubriría que era una mujer.
y se largaría al campo donde había sido feliz.
RELATO 16
LAS CARBONERAS
En el siglo XlX, las repartidoras de carbón avanzaban por las calles empedradas, arrastrando carros o cargando cestas pesadas. Vestidas con delantales oscuros, conocían el ritmo de la ciudad y el frío de cada invierno. Subían a patios interiores, dejaban el carbón junto al fogón y cobraban unas pocas monedas. Eran mujeres fuertes, acostumbradas al esfuerzo y a la mirada indiferente. Su labor humilde pero imprescindible, permitía cocinar, calentarse y sobrevivir. Entre hollín y madrugadas, sostuvieron la vida cotidiana de barrios y dejaron una huella silenciosa en la historia urbana
RELATO 17
PLURIEMPLEADO DEL AÑO
Escaleras arriba, escaleras abajo, así toooooodo el día, toooooodos los días, semanas y meses. Y encima disfrazado de señora.
Hoy toca subir al Mateo, niño repelente, desobediente y mas malo que la quina. Pero como buen tonto, incrédulo.
Jamás creyó a su madre cuando le decía que si no se portaba bien, se lo llevaría el "tío der saco".
Pues heme aquí, vestido de señora para poder pillar al Mateíto desprevenido, llevándolo al desván y darle un escarmiento.
Es que sólo con el jornal de portero no llego a fin de mes, así que hago también de "Tio der saco"
RELATO 18
EL POTAJE DE ALUBIAS
De niño detestaba las alubias blancas.
Mi madre las hacía en potaje todos los jueves. Los jueves me quedaba inmóvil, con la boca sellada delante del plato; primero humeaban pero después de tres horas estaban heladas, cubiertas por una telilla de grasa que yo rompía con la cuchara.
Mi madre decía: de ahí no te levantas hasta que te las comas.
Algunos jueves las engullía, heladas, después de mucho rato, porque mi madre gritaba llamando al Tío del saco:
—¡Se lleva a los niños que no comen potajes!
Yo lo imaginaba, tiznado, llevándome en un saco grande, escaleras abajo.